Observar aquel desfile de mujeres inseguras, con pestañas de pegatina, dedos culminados en acrílico y aparatosos peinados era un placer cruel y minucioso.
El obi descolocado de una, el novio displicente de otra, sus amigas borrachas. Aquellos desfiles eran uno de sus pasatiempos favoritos. Le hacían permanecer erguida, con la barbilla alta, mientras inconscientemente calculaba la tensión perfecta de la yukata desde su cintura al cuello, y le conferían un paso firme que le permitía flotar y serpentear entre el gentío.
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